Al analizar el comportamiento del déficit federal de Estados Unidos, vemos una transición drástica. Previo a la pandemia manteníamos cierta estabilidad fiscal, pero el impacto del COVID-19 en 2020 generó un colapso histórico, llevando el déficit hasta un pico del 18.3% del PIB. Lo crucial no es solo esa caída puntual, sino la recuperación posterior: aunque la brecha se redujo temporalmente, no volvió a los niveles previos. Hoy nos encontramos estancados en un nuevo régimen de déficit estructuralmente elevado alrededor del 6% y 7% del PIB, lo que refleja un deterioro fiscal permanente.
La razón fundamental detrás de este déficit sostenido se entiende al comparar la dinámica entre ingresos y egresos del gobierno. Mientras que la recaudación fiscal (receipts) crece a una tasa anual compuesta del 7.1%, el gasto federal (outlays) se expande a un ritmo superior del 8% anual. Esta brecha constante entre lo que ingresa y lo que sale no solo no se reduce, sino que se amplía con el tiempo. Es este desbalance entre ingresos y gastos el que mantiene las cuentas públicas bajo una presión continua y sin un camino claro hacia el equilibrio.
Al descomponer el gasto en términos nominales, la cifra total pasó de 4.4 trillones de dólares en 2019 a más de 7.3 trillones. El verdadero problema radica en la estructura de ese aumento: los beneficios obligatorios o entitlements aumentaron un 65.2%, pero la alerta roja está en el costo de los intereses netos de la deuda, que se dispararon un 182.5%. En contraste, el gasto discrecional apenas creció un 22.2%, demostrando que la mayor parte del incremento presupuestario se está yendo a pagar deuda y compromisos automáticos.
Cuando ajustamos las cifras por inflación para ver la evolución en términos reales, la rigidez fiscal se vuelve aún más evidente. El costo real de los intereses netos crece un 116.3% y los programas obligatorios suben un 26.5%, mientras que el gasto discrecional cae un 6.4%. Esto significa que el gobierno está perdiendo drásticamente su margen de maniobra: los rubros inflexibles devoran el presupuesto real, reduciendo la capacidad del Estado para financiar proyectos de inversión, infraestructura o reaccionar ante futuras crisis.
El desbalance fiscal constante ha llevado la deuda sobre el PIB de vuelta al 125%, rozando nuevamente el máximo histórico de 2020. Con una clase política que esquiva la reforma de los beneficios obligatorios e ignora la aritmética básica, la verdadera contención ya no vendrá del gobierno: la tasa de los bonos del Tesoro a largo plazo queda como el único árbitro y disciplinador fiscal real que le resta a la economía estadounidense.